Daños motivados por el terremoto de Nepal, recientemente.
Cataclismos, catástrofes naturales,
fenómenos geológicos… La eterna historia del pueblo que se ha de reponer,
reconstruir y tomar nuevas fuerzas para seguir avanzando, para renovar sus
casas, ahora en ruinas, para dejar atrás los estragos causados en su entorno, incontables
en valor aunque nos empeñemos en ponerles número a los damnificados, a los
muertos que dejan atrás esos terremotos, maremotos, erupciones volcánicas… Ya
en la mitología griega, estudiada por el grupo de Humanidades, se consideraba
al dios Poseidón como creador de los ya mencionados terremotos y maremotos.
Esta divinidad llevaba siempre consigo un tridente que, cuando se encontraba
enfurecido, chocaba contra el suelo, provocando temblores en la tierra y en el
fondo del mar.
Fuente de Neptuno, Poseidón/Ennosigeo para los griegos,
en Madrid, hoy icono de la ciudad.
Por la gran importancia geológica y
sociocultural de este tipo de desgracias, esta semana nos hemos ocupado en los
movimientos sísmicos.
Primero, estudiamos los grandes terremotos
acaecidos en nuestra Península en los últimos tiempos, destacando, entre otros,
el de 1956 en Granada, con el fallecimiento de doce personas –siendo el más
dañino para nuestra nación-, el de Huelva en el 69, la erupción del Tenequía
dos años más tarde, o el de Lorca en 2011. Además, destaca el hecho de que se
produzcan 2500 seísmos al año, la mayoría indetectables y solo percibidos
mediante sismógrafos. El mayor terremoto jamás ocurrido en la Península data de
1755 en Lisboa, con 9 grados en la escala Richter, aunque sus daños se
concentraron principalmente en el país luso con miles de muertos.
Fotografía tras el terremoto con hipocentro en Granada, en 1956.
Daños causados por el terremoto de Lorca, Murcia.
También
vimos la diferencia entre movimientos sísmicos superficiales, intermedios y
profundos. Los primeros son todos los movimientos sísmicos cuyo hipocentro se
localiza hasta los 60 km de profundidad, casi un 90% de ellos. Si se produce
entre 61 y 750 km de profundidad, se denomina intermedio, y pueden llegar a
causar importantes perjuicios en la población y en el entorno según la
profundidad, pero son menos dañinos que los superficiales. Los terremotos profundos
solo se producen bajo las fosas oceánicas, son menos intensos y suelen afectar
a zonas despobladas. Por eso generan menos daños a la población de dichos
lugares y menos daños de infraestructuras o edificaciones.
En
cuanto a la actividad sísmica española, la península Ibérica se localiza, en su
mayor parte sobre una pequeña placa denominada Bloque Ibérico, situada entre
las placas Africana y Euroasiática. La primera empuja la segunda hacia el
noroeste, haciendo que se produzcan desplazamientos en las fallas y, por
consiguiente, actividad sísmica. Además, se unen interacciones con la
microplaca de Alborán, la Apúlica y la del Adriático. Encontramos también alta
actividad sísmica en torno a los Pirineos y en el margen Atlántico de la
península Ibérica.
¿Y
qué hay de esos pequeños terremotos que se dan justo después de uno principal? Una réplica es un movimiento
sísmico posterior a un sismo, generalmente de menor intensidad que el
movimiento geológico primero, y que ocurre en la misma región que el movimiento
inicial. Se dan tras la liberación súbita de energía que se produce después de
la fractura de la roca, con su consiguiente desplazamiento a lo largo de una
falla o línea de fractura. Siempre son de menor magnitud que el seísmo inicial,
puesto que si la intensidad es mayor, no se denomina réplica, sino que es
considerado como otro terremoto principal. De este modo, el desencadenante de
este terremoto principal se llamará sismo premonitor. Los geólogos aún no son
capaces aún de determinar su número, momento o ubicación, lo que siembra el
peligro en las autoridades, que abogan por la precaución.
Así es como un sismógrafo detecta la probabilidad de réplicas de un terremoto.
Finalmente, en
cuanto a las medidas de un terremoto, se deben tener en cuenta dos parámetros
para medir la fuerza de un terremoto: magnitud e intensidad. La primera, y más
utilizada mide la fuerza en relación con la energía que ha liberado el
movimiento en la tierra. Este sistema, basado en logaritmos, fue ideado en 1935
por el sismólogo estadounidense Charles Ritcher. Esta escala se basa en el
incremento en diez veces por cada punto más, y no tiene un máximo, aunque se
denominan como violentos aquellos por encima de 7.
Richter.
Antes, el
italiano Giuseppe Mercalli había creado una escala del 1 al 12
para medir la intensidad de un terremoto, basada en la observación de sus
efectos -que es subjetiva-. Actualmente, hay una escala similar, MKS. No mide
mismo que la magnitud, pues la intensidad trata de establecer una estimación
cualitativa de tres criterios: la percepción de la gente, los daños en
infraestructuras y edificios, y sus efectos sobre el terreno y medioambiente.
Webgrafía.



Muy bien redactado. Pero revisa la diferencia entre hipocentro y epicentro. Porque en tu respuesta da la impresión de que confundes ambos conceptos.
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