Agustín
de Betancourt y Molina fue un inventor español y uno de los padres de la
ingeniería, disciplina que practicó en el terreno militar y de la que fue precursor.
A
este ingeniero, nacido en 1758 en Tenerife, su vocación le vino casi predeterminada
por sus orígenes familiares, dedicándose ambos de sus padres a la industria
textil, y siendo su madre la primera mujer tinerfeña en publicar un artículo
científico -sobre los componentes químicos de los tintes-.
Con
tan solo 20 años, Betancourt presentaría su primer diseño: una máquina para
entorchar, es decir, retorcer seda. Ese mismo año, marchó a Madrid a completar
sus estudios y jamás regresaría a su isla natal. Poco tardaron los miembros de
la Corte española en percatarse del talento del joven, al que encargaron la
creación del primer globo aerostático diseñado y elevado en España, en 1783.
A
partir de 1785, se dedicó a investigar las nuevas técnicas mecánicas y a observar
las diferencias entre la maquinaria española y la extranjera, realizando
diversos viajes a Francia e Inglaterra para observar sus avances, los cuales
intentó adaptar de vuelta a su país.
En
1792, fue nombrado director del entonces recién fundado Real Gabinete de Máquinas.
Desde ese año en adelante, alguno de sus proyectos más importantes serían el
diseño de un prototipo de máquina cortacésped; y la creación de uno de los
primeros modelos del telégrafo. En relación a este último avance, el ingeniero
creó la primera línea de telegrafía óptica, que conectaba varios puntos de
Madrid y supuso el inicio del mundo de las telecomunicaciones en nuestro país.
Tras la creación de varias escuelas de ingeniería y la redacción de un largo ensayo sobre la disciplina a la que llevaba dedicándose toda su vida, fue nombrado en 1807 corresponsal de la Academia de las Ciencias de París, ciudad a la que se trasladaría hasta mudarse un año más tarde a Rusia, donde permaneció durante sus últimos 16 años, hasta el ocaso de su vida, siendo director del Instituto de Cuerpos de Ingenieros, cargo que alternó con el fomento y la realización de diversas obras públicas en el ya mencionado país oriental, más concretamente en San Petesburgo, donde murió en 1824.
La
importancia de este ingeniero en Aranjuez y el motivo por el que tiene su
propio espacio residencial aquí radica en que esta ciudad formaba parte de la
primera línea de telegrafía que este impulsó, junto con otros tres puntos de la
zona -el Retiro, Getafe y Valdemoro-. De este modo, la localidad tiene una gran
importancia en el inicio de las telecomunicaciones en España y, como homenaje,
se le puso el nombre del tinerfeño a esta calle.


Está bastante bien, pero falta una imagen donde localices exactamente la calle que lleva dicho nombre en Aranjuez.
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