¿Estamos solos en el Universo? ¿Somos la única y más importante forma de vida inteligente de nuestro entorno conocido? ¿Debemos darlo por hecho y resignarnos a la ignorancia, o por el contrario salir al espacio para comprobar si hay algún otro planeta que reúna las características oportunas para que puedan existir formas de vida inteligente contenidas bajo su atmósfera? Preguntas de este estilo -aunque no de esta índole, hasta hace recientemente- son las que el ser humano se ha venido preguntando desde que los primeros filósofos cosmológicos tratasen de explicar su entorno y todo cuanto existía por medio del conocimiento, la razón, el Logos -frente a la irracionalidad, el destino y las fuerzas metafísicas del Mito-. Y desde los tiempos en los que estos primeros pensadores sentaron las bases para que todos los que han seguido su ejemplo siguieran progresando después, las cuestiones por las que el ser humano se ha interesado son muchas y muy diversas.
Gracias a la aparición de las Ciencias empíricas, en concreto las naturales, aquellos más críticos han intentado cuestionarse el origen y destino del Cosmos y de todo cuanto nos rodea, pero gracias también a los más críticos, últimamente los estudios de estos científicos no solo han tratado el constante problema de quiénes somos y hacia dónde vamos, sino que también han tratado de dar respuesta a una gran pregunta: ¿estamos solos en el Universo?
Pero ¿cómo se puede responder a este tipo de respuestas, tan poco orientativas y tan abiertas a miles de posibilidades? En primer lugar, se deben identificar los conocidos como exoplanetas, es decir, planetas cuyas órbitas tienen como centro otras estrellas de nuestra galaxia, la Vía Láctea. De este modo, se ha recurrido a diversas misiones que nos han constatado la existencia de dichos exoplanetas. Pasemos a hablar de los más importantes descubrimientos recientes en esta materia.
KEPLER Y COROT.
A través de las misiones Kepler y
Corot, se han intentado identificar planetas que puedan servir como
alternativas al nuestro, y que tengan la capacidad de albergar vida y, más
concretamente, vida inteligente. Estos proyectos se basan en el estudio de
diversos cuerpos celestes que orbitan alrededor de ciertas estrellas, mediante telescopios
terrestres –en minoría- y, sobre todo, satélites con telescopios incorporados.
Estos
telescopios estelares miden la intensidad luminosa de las estrellas sobre las
que orbitan los exoplanetas, pero esta tarea es bastante difícil, ya que estas
medidas se realizan cuando los cuerpos planetarios, en órbita, son capaces de
filtrar esa luz y hacer que no llegue completamente, sino en pequeñas
cantidades, fraccionada. A través de estas mediciones, se puede determinar el
tamaño del planeta y la distancia de los mismos en cuanto a la estrella de la
que se nutren y sobre la que orbitan. No obstante, este modo de medir la luz
que emiten los astros en comparación con la que los planetas son capaces de
tapar es también un problema en sí mismo, debido a la turbulencia atmosférica.
Esto provoca fluctuaciones en la luminosidad de la estrella, que establecen
diferencias más allá de la luz que son capaces de esconder tras de sí los
planetas.
Desde
finales de 2006 hasta principios de 2012, la misión Corot mostró cerca de 600
posibles candidatos, y se ha confirmado también la presencia de 22 exoplanetas
por observaciones complementarias desde la Tierra.
Kepler,
por su parte, impulsada por la NASA, se basa en los mismos métodos para tratar
de determinar candidatos a la sustitución de la Tierra mediante exoplanetas.
Este no orbita en base a la tierra, sino en una órbita heliocéntrica, es decir,
tomando como referencia el Sol, lo cual permite una mayor visión y un campo
espacial bastante mayor. Su campo de visión, entre las constelaciones del Cisne
y la Lira, le permite observar hasta 150.000 estrellas de modo continuo. Este
satélite tiene implícita también otra novedad: la no-interferencia de ningún
elemento del Sistema Solar en sus observaciones y estudios.
El ya mencionado telescopio espacial
ha mostrado evidencias de 2321 candidatos, 61 de los cuales han sido ya
confirmados como exoplanetas por observaciones desde la Tierra. Kepler-22b ha
sido uno de los grandes descubrimientos de la misión, un exoplaneta el doble de
grande que la Tierra y que orbita en torno a una estrella bastante similar al
Sol.
PROYECTO DARWIN.
Con la intención de buscar planetas similares al nuestro en sus características se creó también el Proyecto Espacial Darwin,
un programa de la Agencia Espacial Europea (ESA son sus siglas en inglés). El
objetivo del programa es encontrar planetas que, por su similitud o compartir
características con la Tierra, puedan llegar a ser habitables.
Pero ¿cómo se pueden encontrar
formas de vida fuera de nuestro círculo cercano? El procedimiento del programa
consistirá en observar mediante tres telescopios en formación una misma imagen,
la cual se transmitirá a un núcleo de comunicaciones en órbita que la comparará
y solapará con las imágenes obtenidas allí directamente. Se captará de este
modo el espectro infrarrojo, facilitando la detección de planetas al inhibir la
luz que emiten las estrellas alrededor de las que orbitan –si se elimina la luz
que eclipsa al resto del sistema, se ven mejor los planetas-. El principal
problema que los científicos han encontrado a este sistema es que el Sol
interfiere en las observaciones, por lo que se ha de procurar que la Luna y la
Tierra formen un eclipse que impida que nuestra estrella les reste importancia
a los planetas que podrían suponer un nuevo lugar donde poder nuestro género
vivir –en un futuro bastante alejado-, o intercambiar información y comunicarse
con otras civilizaciones.
Los objetivos del proyecto son
detectar y analizar exoplanetas similares al nuestro y atmósferas que puedan proteger las formas de
vida y mantenerlas. Además, esta nueva incursión en el análisis y búsqueda de
los planetas idóneos para la vida proveerá imágenes entre 60 y 600 veces más
detalladas que las del programa Hubble, el anterior telescopio espacial de similares
características, lanzado a órbita en 1990. Hablando del detalle de las
imágenes, el hecho de explorar otros planetas fuera de nuestro sistema ha
ayudado a la lucha contra el cáncer, ya que los métodos telescópicos usados
para analizar la estructura de las atmósferas de los exoplanetas se ha
comenzado a emplear ya en el estudio microscópico de pieles o tejidos,
utilizándose ya para facilitar la detención precoz del crecimiento de cáncer.
Con el programa Darwin se podrá
analizar un planeta en diez horas. Primero, se estudiaría su atmósfera y
buscaría oxígeno y vapor de agua; luego, se analizaría el nivel de oxígeno y,
de encontrarse este en grandes cantidades, significaría que algún ser vivo se
encontraría realizando la fotosíntesis –lo cual quiere decir por consiguiente
que es habitable-.
La entidad promotora de la
misión destaca la importancia del Gliese 581 d, un planeta que se encuentra a
una distancia segura del Sol y, por tanto, cuenta con unas condiciones y
temperatura superficial parecidas a las nuestras.
¿VIDA EN SATURNO?
Comienzo este punto con una magnífica canción de David Bowie, que cuestiona en su título precisamente la vida en otros planetas, en concreto en Marte, a pesar de no estar directamente relacionada con el tema que nos concierne. No obstante, habla de la cuestión de Orson Welles y cómo los oyentes de esos programas de radio creyeron realmente que estaba ocurriendo una verdadera invasión alienígena. Y es que no es inverosímil según las claves que nos ha venido dando la ciencia en los últimos tiempos. Pero dejemos las estrellas figuradas a un lado y pasemos a hablar de los astros reales.
Hasta ahora, no se han
encontrado pruebas irrefutables ni definitivas de la existencia de vida en
otros planetas o exoplanetas. Se sabe que nuestro entorno recoge una serie de
características que hacen idónea la existencia de seres vivos.
No obstante, una de las mayores
inquietudes de la ciencia en la actualidad es encontrar planetas que reúnan
condiciones similares para poder encontrar alternativas y, en definitiva, otras
formas de vida en otros planetas. Así, la principal característica que pretende
encontrar es la existencia de agua que abastezca al planeta y contenga ciertas
moléculas orgánicas. Pero también se podría dar el caso de la existencia de
formas de vida completamente diferentes en propiedades, que no se basen en las
moléculas orgánicas.
Aprovechando esta hipótesis,
desde la Universidad de Cornell tomaron como referencia los datos obtenidos por
ciertas misiones (Cassyni-Huygens) para comprobar su teoría de la existencia de
vida en Titán, la luna más grande de Saturno. Bajo su atmósfera densa y
amarillenta, rica en nitrógeno, se piensa que hay océanos y lagos de metano.
Por lo tanto, se llega a la conclusión de que podrían existir moléculas
orgánicas fundamentales. Por lo tanto, existe la denominada química prebiótica,
precedente y base para el desarrollo de los seres vivos en su entorno. Estos
seres vivos no compartirían –de existir- las mismas características que los
conocidos en la Tierra, radicando esto precisamente en la no constancia de agua
en el satélite, que influiría de una manera distinta en las formas de vida del
lugar y crearía seres exóticos, distintos a cualquiera que nos podamos imaginar
en nuestro planeta.
El satélite es el único lugar
–sin tener en cuenta la Tierra- con una atmósfera gruesa y rica en nitrógeno.
Además, como ya ha sido mencionado, cuenta con enormes reservas de líquido enterradas
bajo su superficie helada, contenidas en un macro-océano. También se acumulan
en su aire importantes cantidades de gas metano, que el sol degrada
rápidamente, lo cual da indicios de la existencia de volcanes o seres vivos
capaces de producirlos.
LA ECUACIÓN DE DRAKE
(o cuántas posibilidades tengo de cubrir mis instintos primarios según una fórmula matemática)
La ecuación de Drake es la fórmula matemática en la que los científicos basan sus hipótesis de vida inteligente fuera de los límites de nuestro planeta. La propuso el radioastrónomo Frank Drake en los años 60, y estima la cantidad de civilizaciones de nuestra galaxia que podrían encontrarse emitiendo fórmulas de radio. En sus tiempos fue un gran avance para la comunidad científica, suponiendo un primer acercamiento y un primer interés por la búsqueda de vida inteligente extraterrestre. Esta búsqueda es prácticamente cuestión de azar, ya que se realiza midiendo los niveles de radiación de puntos aleatorios del Universo conocido.
La ya mencionada fórmula
matemática equipara el número de civilizaciones inteligentes tecnológicamente
avanzadas con el número de estrellas nacidas cada año en la Vía Láctea, la
cantidad de esas estrellas que cuentan con sistemas planetarios, el número de planetas
apropiados para la vida -según su temperatura y sus condiciones prebióticas-,
la fracción de esos planetas para desarrollar la inteligencia en sus seres
vivos, la proporción de planetas que puedan desarrollar comunicación a través
de ondas radiofónicas, y, por último, el tiempo de vida del planeta de la
civilización en cuestión. Gran parte de estos parámetros siguen siendo una
incógnita, y todavía se está investigando en los mismos, pero ya la ecuación
aporta muchas pistas acerca de la información decisiva para la búsqueda de los
extraterrestres, tan explotados en la actual industria y tan misteriosos en la
sociedad y la moral colectiva.
Si bien es cierto que Drake fue
bastante optimista en la búsqueda de sus parámetros –tomando como modelo el
Sistema Solar, por ejemplo, que tiene posibilidades de vida debido a la
existencia de restos de agua en dos planetas, a pesar de que en la mayoría de
exoplanetas no haya tantos residuos líquidos de hidrógeno y oxígeno consolidado
en gotas de agua-; y aunque todavía son necesarias muchas más pruebas para
llegar a un conocimiento mucho más consolidado en esta materia, las
conclusiones son bastante tristes y desamparadoras, obteniéndose un resultado
de no más de una civilización detectable y constatada en millones de años. Pero
tampoco hay que perder la esperanza, ya que tomando como referencia valores
distintos, el científico Michael Shermer llegó a la conclusión de que en lo que
conocemos como Universo podrían llegar a haber unas 5000 civilizaciones
inteligentes. En lo que todos coinciden, independientemente de la periodicidad
con la que se den este tipo de civilizaciones, es en que, según han comprobado
las matemáticas y la radiofísica, no estamos solos en el cosmos.
En sus últimos estudios e
incursiones en la búsqueda de vida extraterrestre, los científicos han
destacado la importancia de indagar acerca de la huella electromagnética de las
civilizaciones, que al fin y al cabo es lo que más pistas da y más certeza
aporta acerca de la existencia de este tipo de vida en otros planetas.
En un terreno mucho más lúdico,
cabe destacar la presencia de la ecuación de Drake en la serie de televisión
The Big Bang Theory, que en una de sus escenas aprovechan esta fórmula
matemática para explicar las probabilidades de un grupo de jóvenes científicos
para tener encuentros sexuales. Así, uno de los personajes de la conocida
sitcom reajusta los factores que se tienen en cuenta para la búsqueda de formas
de vida inteligentes y los cambia por el número de mujeres que hay en la zona,
llegando a formular esta especie de radar para determinar sus posibilidades de
ejercer uno de sus instintos más primarios.





